La crisis citrícola golpea con fuerza a Entre Ríos, corazón productor del país. Con precios de venta que apenas cubren la mitad de lo que cuesta producir, la parálisis de las cosechas amenaza el empleo local y pone en riesgo la viabilidad de futuras campañas.
La paradoja económica vuelve a golpear al campo argentino, esta vez en el sector citrícola. Entre Ríos, la provincia que abastece cerca del 90% de las mandarinas y el 64% de las naranjas que se consumen en todo el país, atraviesa una de las crisis más complejas de los últimos años. Frente a una brutal brecha entre los costos de producción y los valores de mercado, decenas de productores tomaron una decisión drástica: no cosechar y dejar que la fruta se eche a perder en las plantas.
Los números detrás de la crisis explican por sí solos el desincentivo. Mientras que producir un kilo de mandarina exige una inversión mínima de $120, en las quintas los agricultores reciben valores que oscilan apenas entre los $40 y $60 por kilo. Solo en casos muy puntuales y según variedades específicas, el precio puede estirarse hasta los $120, una cifra que apenas sirve para empatar los gastos, sin dejar margen de ganancia.
A este desajuste financiero se suma un combo letal de factores: una marcada sobreoferta en las fincas, el desplome del consumo en el mercado interno por la pérdida del poder adquisitivo de los hogares y una fuerte baja en el precio internacional del jugo concentrado, que solía funcionar como una alternativa de descarte para la industria.
El peligro del «círculo vicioso» en las quintas
Dejar la fruta colgada en las ramas no es una decisión gratuita ni libre de consecuencias biológicas para la tierra. Pablo Molo, presidente de la Federación de Citrus de Entre Ríos (Fecier), advirtió sobre el daño técnico que esto representa para las plantas:
«Tenemos un exceso de producción, a lo que se le suma el poco consumo interno por falta de poder adquisitivo. Nuestro rubro no escapa a la situación del país (…). Si no se cosecha, la planta se va a ver afectada en su productividad porque en primavera debe florecer para la próxima campaña».
Molo graficó el panorama actual con nostalgia sobre las variedades tradicionales: «Hoy, una mandarina criolla, que era la vedette de los mercados en otras épocas, está quedando en la planta. En estos momentos solo podemos pensar en subsistir».
Por su parte, Melania Zorzi, integrante de la Asociación de Citricultores de Concordia y ex presidenta de Fecier, coincidió en el duro diagnóstico y señaló cómo esto repercutirá directamente en el empleo y el cuidado de los campos:
«La inversión para la nueva campaña se verá resentida, lo que se traducirá en un manejo del cultivo que no cubrirá las necesidades, porque habrá menos fertilizaciones, podas, pulverizaciones y demás».
Zorzi remarcó que se trata de un «círculo vicioso que acorrala a los productores». Ante la falta de espalda financiera para costear los insumos y la mano de obra, el achicamiento en la calidad y cantidad de la fruta para el próximo ciclo es inminente, lo que empujará inevitablemente a los pequeños y medianos citricultores a abandonar definitivamente la actividad.
Con información de Clarín.





