Tras el récord histórico de 580.000 casos y 419 muertes, los expertos advierten que limpiar criaderos ya no alcanza. Impulsan esquemas de vacunación inmediata para blindar a la población de cara al verano y alertan sobre el preocupante regreso de otras enfermedades que parecían desterradas.
La magnitud del último brote de dengue modificó el tablero de la salud pública en la Argentina. La vieja estrategia centrada casi de forma exclusiva en perseguir al mosquito Aedes aegypti demostró sus limitaciones y forzó a la comunidad científica a exigir un cambio de paradigma. Ante un virus que ya no respeta fronteras provinciales ni calendarios estacionales, la inmunización surge hoy como el pilar fundamental para evitar que el sistema sanitario vuelva a colapsar.
Las cifras de la última temporada, consolidadas por el Ministerio de Salud de la Nación y analizadas en un informe al que accedió la Agencia Noticias Argentinas, son devastadoras: más de 580.000 contagios confirmados y 419 víctimas fatales. Este escenario, que castigó con dureza a 19 jurisdicciones del país, responde a una tormenta perfecta alimentada por el cambio climático, la urbanización acelerada y el aumento global de las temperaturas, factores que expandieron geográficamente el mapa del riesgo hacia zonas que antes se consideraban a salvo.
La paradoja de las vacunas: Tenerlas no significa estar protegidos
En 2023, la Argentina dio un paso clave al aprobar la vacuna tetravalente basada en virus atenuados, apta a partir de los 4 años. El respaldo científico es contundente: el estudio clínico TIDES demostró que el esquema reduce un 84% las hospitalizaciones por dengue y disminuye un 61% los cuadros sintomáticos, beneficiando tanto a quienes ya cursaron la enfermedad como a los que nunca la tuvieron.
Sin embargo, el verdadero desafío actual no es la ciencia, sino la conducta y el acceso.
«No alcanza con tener la vacuna disponible: se necesita una estrategia sostenida que promueva la adherencia y facilite el acceso. La vacunación es una herramienta efectiva, pero su impacto dependerá de que alcance a la población objetivo en tiempo y forma, es decir, con esquemas completos», advirtió la Dra. Analía Urueña, médica infectóloga y vicepresidenta de la Sociedad Argentina de Vacunología y Epidemiología (SAVE).
La especialista remarcó la importancia del factor cronológico: al requerirse dos dosis separadas por un intervalo de 90 días, la inmunización debe iniciarse de manera anticipada para que el organismo construya las defensas necesarias antes de que irrumpa la temporada estival.
El peligro del «efecto olvido» y el regreso de viejos enemigos
La preocupación de los epidemiólogos va más allá del dengue. El relajamiento y las coberturas de vacunación subóptimas registradas en el país durante los últimos años resquebrajaron un escudo sanitario histórico. Enfermedades que la medicina argentina consideraba controladas o prácticamente erradicadas, como el sarampión, la tos convulsa y la hepatitis A, volvieron a dar señales de reemergencia, exponiendo la fragilidad del sistema cuando se debilita la continuidad de las campañas de inoculación.
Los expertos insisten en que la vacuna contra el dengue no compite con el descacharrado ni el uso de repelentes, sino que los potencia. Los modelos matemáticos demuestran que combinar el control ambiental con la vigilancia y la vacunación es infinitamente más eficaz que apostar por una sola técnica.
Una decisión económica racional: Invertir un dólar para recuperar veinte
El argumento para acelerar las campañas de vacunación masiva excede lo estrictamente médico y se mete de lleno en los números de la macroeconomía y la administración pública. Los brotes descontrolados no solo saturan las guardias de los hospitales, sino que paralizan la fuerza laboral y generan un gasto monumental en tratamientos de emergencia.
De acuerdo con un análisis global publicado por la prestigiosa revista Health Affairs, la inversión en inmunización es uno de los negocios más redituables para cualquier Estado: por cada dólar invertido en vacunas, se generan retornos de hasta 19.8 dólares en beneficios sociales y económicos, al evitar la pérdida de productividad y recortar los costos de internación. En un contexto de recursos escasos, adelantarse al mosquito con el carnet de vacunación en la mano dejó de ser solo una recomendación médica para convertirse en una urgente necesidad financiera.





