El viento blanco sepultó su vehículo en apenas 15 minutos. Sin calefacción para evitar morir envenenados con monóxido de carbono, resistieron bajo temperaturas extremas hasta que llegó el rescate. «Llegó un momento en que no sentía las manos ni los pies», relató la víctima.
Lo que prometía ser una travesía inolvidable por los deslumbrantes paisajes catamarqueños estuvo al borde de transformarse en una tragedia insalvable. Fernando Millán y su familia permanecieron casi un día completo sepultados dentro de su camioneta en la alta montaña, cercados por un temporal voraz de viento blanco que convirtió el camino en una trampa de hielo en cuestión de minutos.
La pesadilla comenzó pasada la media tarde, cuando las condiciones meteorológicas cayeron en picada mucho antes de lo previsto. «Sabíamos que a partir de la una podía haber viento, salimos temprano… pero a las dos de la tarde quedamos varados detrás de otra camioneta y ya no pudimos avanzar más», recordó Fernando sobre el instante en que la visibilidad quedó reducida a cero y el avance se volvió imposible.
En cuestión de quince minutos, la acumulación de nieve sepultó por completo el vehículo. A partir de allí comenzó una desesperante prueba de supervivencia en medio del frío absoluto, agravada por una amenaza invisible pero letal: la nieve había tapado el caño de escape, lo que imposibilitaba encender la calefacción del motor por el riesgo inminente de una intoxicación por monóxido de carbono.
«No podíamos abrir los vidrios y tampoco podíamos calefaccionarnos porque el propio gas nos podía ahogar. Pasamos mucho frío, sobre todo cuando uno no está habituado a este tipo de cosas», confesó el turista. La noche transcurrió a oscuras, a temperaturas bajo cero y con la angustia de no saber cuánto tiempo tardaría en llegar la ayuda.
Tras un intenso e impecable operativo de rescate desplegado por las brigadas locales, la familia logró ser auxiliada a tiempo. Al ser puesto a salvo, Millán evidenciaba secuelas físicas directas del evento: ampollas y severas quemaduras por congelamiento en sus manos. «Llegó un momento en que ni las manos ni los pies sentía», reconoció visiblemente conmovido.
A salvo y con la perspectiva del peligro ya superado, Fernando reflexionó sobre los riesgos de minimizar las advertencias climáticas en la cordillera y admitió la cuota de imprudencia cometida: «Existe algo de inconciencia de los mismos turistas. Cuando uno llega al ‘kilómetro cero’ hay un cartel enorme que advierte que hay que estar preparado para este tipo de contingencias, y la verdad es que ninguno de nosotros lo estaba, salvo la gente de la zona».
La dura experiencia sirve como un desgarrador recordatorio del impredecible poder de la naturaleza en la alta montaña y de la vital importancia de respetar de forma irrestricta las alertas de las autoridades locales.





