La muerte a los 41 años del sociólogo, la persona negra más joven en ocupar una cátedra en la prestigiosa institución, desató una fuerte conmoción y encendió un debate sobre el racismo estructural y la presión en la educación superior.
LONDRES.— Un trágico desenlace puso en el centro de la escena británica el debate sobre la presión académica, el acoso mediático y el trato recibido por las minorías en las instituciones de elite. Jason Arday, exprofesor de la Universidad de Cambridge, falleció por suicidio a los 41 años, poco después de haber presentado su renuncia en medio de intensas acusaciones de plagio y de una severa cobertura periodística sobre su trayectoria personal.
El caso conmocionó a la opinión pública británica de tal manera que más de 31.000 personas firmaron una petición para exigir una investigación pública sobre el acoso mediático al que estuvo expuesto.
Desde la organización Good Law Project, impulsora de la campaña, denunciaron que el trasfondo étnico fue determinante en la virulencia con la que se abordó el caso:
“El color de su piel desempeñó un papel decisivo en este acoso”.
Representantes del organismo destacaron, además, que diversos medios de comunicación habían sido advertidos con anticipación sobre el peligro que esa persecución sistemática representaba para la salud mental del académico. La iniciativa cuenta ya con el respaldo explícito de varios diputados británicos.
De hito histórico a las acusaciones de plagio
En 2023, Arday se había convertido en la persona negra más joven en ser nombrada profesor titular en la historia de la Universidad de Cambridge. Sin embargo, su prominente carrera sufrió un fuerte embate cuando medios locales comenzaron a señalar que más de un centenar de pasajes de su tesis doctoral presentaban coincidencias directas o sutiles modificaciones respecto de un trabajo previo.
Aunque el académico admitió la existencia de fallas administrativas e involuntarias, rechazó de forma enfática cualquier intención de dolo intelectual:
“Estamos hablando del mundo académico. Yo no asesiné a nadie”.
La presión escaló de manera irreversible hasta el 5 de agosto, cuando la Universidad de Cambridge resolvió abrir una investigación formal sobre su trabajo. Ese mismo día, Arday presentó su dimisión formal.
“He llegado a la conclusión de que la única manera de cerrar este capítulo es apartarme (…) Necesito tiempo para sanar. Necesito tiempo para volver a ser yo mismo”, escribió el profesor al despedirse de la institución.
Críticas a la institución e investigaciones en puerta
Tras la noticia de su fallecimiento, las miradas se dirigieron directamente hacia el rol desempeñado por Cambridge y el tratamiento institucional dado al caso. Diversas figuras del ámbito político y cultural cuestionaron si la casa de estudios protegió adecuadamente al docente frente a la sobreexposición mediática.
Entre los testimonios más duros figuró el del ministro de Comunidades en la sombra, Sir James, quien criticó la forma en que la universidad gestionó la imagen del investigador:
“Jason Arday fue utilizado por la Universidad de Cambridge para alardear de su talento”.
Sir James remarcó que el profesor no se habría encontrado en una situación tan «terrible y personalmente expuesta» de haber existido la debida diligencia por parte de las autoridades académicas, y concluyó que las instituciones de educación superior se ensañaron con él por su edad y su origen étnico antes que por sus méritos profesionales.





