El mito de Patricio Rey y el arquitecto de las misas ricoteras falleció a los 77 años. De La Plata al Monumental, y de los shows solistas ante 150.000 almas a la inmortalidad cultural: el adiós al artista que reinventó la identidad del rock argentino.
La noticia que el rock argentino se resistía a escuchar finalmente llegó. Carlos Alberto «El Indio» Solari, el máximo aglutinador de masas de la cultura popular latinoamericana, falleció a los 77 años, dejando al país sumido en un luto tan profundo como el eco de sus canciones. Nacido en Paraná y moldeado en la efervescencia de La Plata, Solari no solo fue un músico y un poeta maldito; fue el líder espiritual de un movimiento social invisible para las elites pero arrollador en las calles, capaz de movilizar ejércitos de fieles con el solo anuncio de su presencia.
La leyenda que hoy se vuelve eterna comenzó a gestarse en la penumbra de 1976. En una Argentina convulsionada, Solari y el guitarrista Skay Beilinson encendieron la mecha de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Lo que empezó como un colectivo artístico performático y delirante mutó en un fenómeno contracultural sin precedentes. A lo largo de nueve álbumes de estudio, Los Redondos reescribieron las reglas del juego de la independencia discográfica: sin publicidad tradicional, de boca en boca, pasaron de los sótanos porteños a reventar estadios. El clímax de aquella gesta llegó en el año 2000, cuando la banda metió a 70.000 almas en el Estadio Monumental, un hito que, lejos de ser el techo, fue el prólogo de su mitología antes de la definitiva y dolorosa separación en 2001.

Tras un silencio que amenazaba con ser definitivo, el Indio demostró que el magnetismo no dependía de una marca, sino de su propia voz. Al frente de su nueva banda de acompañamiento, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, dio vida a cinco aclamados discos de estudio y llevó el concepto de «misa ricotera» a una escala casi inverosímil. Solari rompió sus propios límites y transformó el mapa de la Argentina profunda: el país entero se movilizaba a pequeñas localidades como San Martín (Mendoza) o Gualeguaychú, donde las convocatorias superaron con creces los 150.000 asistentes en rituales que mezclaban devoción, hermandad y el pogo más grande del mundo.

Hoy las banderas amanecen a media asta y las gargantas están cerradas, pero el legado del Indio Solari queda blindado contra el paso del tiempo. Se apaga el hombre, pero queda flotando en el aire una obra colosal que seguirá atravesando generaciones. El tesoro de los inocentes está a salvo: la misa ha terminado en la Tierra, pero su eco es, desde hoy, inmortal.





