Un revelador estudio del Observatorio de la Deuda Social de la UCA y la empresa Edenred ha puesto cifras a una realidad que se siente en cada oficina, taller y comercio del país: la crisis ya no solo afecta qué compramos para casa, sino qué (y si) comemos durante la jornada laboral.
Los datos son contundentes: el 83,5% de los trabajadores sufre algún tipo de privación alimentaria, ya sea por la cantidad de comida o por la baja calidad nutricional de lo que pueden costear.
Radiografía del hambre en la oficina
El informe desprende una «foto» preocupante de la vulnerabilidad social de los asalariados argentinos:
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El ayuno forzado: Un 22,6% de los empleados directamente no come durante su horario de trabajo porque no tiene dinero.
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Calidad vs. Precio: El 78,5% admitió que debe elegir alimentos más económicos y menos saludables para poder llenar el estómago, sacrificando su salud a largo plazo.
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El sector público, el más golpeado: Contra lo que suele creerse, la vulnerabilidad alimentaria es mayor en el sector público (73,2%) que en el privado (56%).
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Jóvenes en riesgo: El grupo de entre 18 y 29 años es el más afectado; el 70,7% de ellos omite comidas habitualmente.
El gasto diario: La cuenta que no cierra
Para la gran mayoría de los trabajadores, el presupuesto para el almuerzo es extremadamente limitado. El 80% de los encuestados gasta menos de $10.000 por día en comida, una cifra que, frente a la inflación actual, empuja a muchos hacia la malnutrición o la obesidad (que ya afecta al 23,1% de los asalariados por dietas basadas en harinas y ultraprocesados).
«Solo el 16,5% de la población trabajadora está libre de algún tipo de privación alimentaria. El resto está haciendo malabares entre el hambre y la mala nutrición», destaca el informe.
¿Una solución en el recibo de sueldo?
Ante este panorama, el 80,4% de los empleados manifestó el deseo de recibir un aporte alimentario específico por parte de sus empleadores. Sin embargo, con la actual reforma laboral, este beneficio queda sujeto a la «voluntad» de la empresa, siendo opcional en la mayoría de los casos.
La infraestructura también juega un rol clave: el riesgo de pasar hambre cae drásticamente (del 65% al 39%) cuando la empresa cuenta con comedor o provee el alimento directamente.





