El exministro de Economía cuestionó los regímenes de excepción fiscal relanzados por el Gobierno y aseguró que ponen en desventaja a millones de emprendedores. Además, apeló a una dura comparación con Brasil para demostrar el retraso exportador del país y reclamó asegurar la libre movilidad de capitales.
El exministro de Economía de la Nación, Domingo Cavallo, encendió el debate económico al lanzar fuertes críticas contra el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) y el recientemente aprobado «Súper RIGI». A través de una extensa publicación en su blog oficial, el exjefe del Palacio de Hacienda ratificó que la verdadera clave para la reactivación no radica en otorgar beneficios selectivos, sino en avanzar de forma urgente hacia la eliminación total del cepo cambiario.
Los cuestionamientos de Cavallo se dieron a conocer poco después de que el actual ministro de Economía, Luis Caputo, anunciara la implementación del proyecto RIGI número 20 en Vaca Muerta, el cual contempla un desembolso de 4.500 millones de dólares.
Para Cavallo, la estrategia oficial de orientar la inversión privada mediante privilegios cambiarios y financieros para determinados sectores y tamaños de empresas es un error en el actual escenario global, caracterizado por el vertiginoso avance tecnológico, políticas comerciales erráticas de Estados Unidos y crecientes riesgos geopolíticos. En su análisis, advirtió que estos esquemas de excepción «discriminan y ponen en desventaja a millones de empresas y emprendedores», atentando directamente contra el tejido de las PyMEs y el grueso del aparato productivo nacional, cuyos esfuerzos son indispensables para una asignación eficiente de recursos.
La dura comparación con Brasil y el potencial dilapidado
Al evaluar el panorama del comercio exterior contemporáneo, el economista analizó las proyecciones que estiman un piso de exportaciones de 100.000 millones de dólares frente a importaciones sustancialmente menores. Si bien consideró que estos números son lógicos, los calificó como totalmente insuficientes frente al potencial histórico que el país viene dilapidando.
En ese sentido, recordó el fuerte incremento que registraron las materias primas a nivel global en las últimas décadas: la soja pasó de cotizar 170 dólares en 2001 a 440 dólares en la actualidad, mientras que el petróleo saltó de 25 a 75 dólares por barril. Para mensurar el retraso local provocado por el regreso de los controles y los impuestos al comercio exterior a partir de 2002, Cavallo apeló a una cruda comparación estadística con el principal socio del Mercosur.
«De no haberse recreado el sesgo antiexportador que había sido eliminado totalmente en la década del 90, hoy probablemente deberíamos estar exportando más de 190.000 millones de dólares», señaló el exministro. Al respecto, precisó que a fines de los años 90, la Argentina exportaba 26.000 millones de dólares frente a los 48.000 millones de Brasil. Sin embargo, lamentó que la brecha se haya vuelto abismal con el tiempo: «Hoy Brasil exporta 350.000 millones y nosotros sólo 100.000 millones». En sintonía con esto, remarcó que la producción exportable actual es fruto de inversiones previas hechas sin ningún incentivo fiscal especial.
Doble sesgo y el reclamo por las tasas de interés
Finalmente, Cavallo detalló los alcances de lo que denominó el «sesgo antiinversor», vinculándolo directamente con la imposibilidad que tienen las empresas locales para acceder al crédito a tasas competitivas, tanto en el mercado doméstico como en el internacional.
Por tal motivo, concluyó justificando su insistencia en levantar las restricciones cambiarias lo antes posible: «Mi propuesta de eliminar cuanto antes todos los controles de cambio e impedir que puedan ser reintroducidos, es decir, asegurar de una vez y para siempre la libre movilidad de capitales y, al mismo tiempo, acumular muchas reservas, apunta a conseguir rápidamente la baja de la tasa real de interés».
Por último, el economista fustigó a quienes defienden mantener un tipo de cambio real alto sin liberar los movimientos de capitales, catalogando esa postura como «totalmente contraproducente» debido a que adormece los reclamos genuinos del sector privado por una menor presión sobre las exportaciones y una rebaja real en los costos financieros.





